Diferencias entre el goce femenino y el superyoico

Luis Darío Salamone

Psicoanalista EOL y AMP

AE (2007-2010)

1- El goce propiamente femenino.

Si bien se ha establecido cierto vínculo entre el goce femenino y el superyó, a partir del sin límites que caracteriza a ambos, esto no implicaría, a mi juicio, una equivalencia. Se trata de diferentes formas de satisfacción.

En Aun, Lacan sitúa cómo una mujer puede articularse al falo o a un más allá del mismo, este sería el goce propiamente femenino, apareciendo como ilimitado, sin una medida fálica. Lacan no articula en el seminario en ningún momento el goce propio de la mujer con la cuestión superyoica.

2- La génesis del superyó femenino.

La cuestión de la génesis del superyó femenino nos permitirá esclarecer lo que lo diferencia del goce femenino.

EL superyó femenino encuentra su raíz fundamentalmente en el periodo preedípico, en una relación con la madre que podría tornarse en estragante y que será la matriz de relaciones posteriores en algunas mujeres. El superyó freudiano es un concepto muy particular, proclamando imperativos insensatos, paradójicos. Manteniendo una afinidad con el ello. Su origen se da en el interior del yo, cuando una parte del mismo se vuelve contra sí mismo, volcando contra si una agresividad que estaba destinada a un otro. Freud nos dice que es «el cultivo puro de la pulsión de muerte».

Sentimiento de culpa, reacción terapéutica negativa, masoquismo, necesidad de castigo, delitos, melancolía, suicidios, son consecuencias directa de su accionar que puede resultar devastador. En este sentido la lectura que Lacan realiza del superyó es una de las tantas rectificaciones que debe realizar a los desvíos promovidos por los analistas postfreudianos.

Lacan es categórico en su concepción del superyó, como para no dejar ningún lugar a duda. El superyó es una figura obscena y feroz, se trata de un imperativo que lejos de regular al sujeto, le ordena gozar. Por otra parte se encuentra relacionado a una renuncia de goce. Si el sujeto está dispuesto a renunciar es para no perder el amor del Otro. Esto no es sin consecuencias, los rebrotes de una agresividad hacia otro se encuentran agazapados, agresividad que también se encuentra disponible para volverse sobre sí mismo en todo momento.

Recordemos que el equivalente a la amenaza de castración del falo que cae sobre los hombres, es precisamente la pérdida del amor en una mujer. Esto hace que algunas mujeres muchas veces sean capaces de realizar cualquier sacrificio para no perder el amor del otro, quedando sumida en una relación estragante, donde podemos leer los efectos de una particular relación superyoica, donde el partenaire hace las veces de superyó. Ya lo había dicho Freud: el superyó femenino nunca resulta tan impersonal, tan distanciado del otro en el cual vuelca su afecto, como en el caso del hombre. El superyó está en el origen de una renuncia que exige más renuncias. No podemos pensar que renunciar a un goce pulsional, y que esto entré en cadena con un sin fin de renuncias, abra el camino al goce femenino. Por el contrario. El goce superyoico se trata de un goce claramente vinculado a la pulsión de muerte. El femenino es otra cosa.

3- La histeria como rechazo del goce femenino.

La relación que establece una mujer con su hija, si es estragante, lo es a partir de una insatisfacción que instala una demanda que se torna insoportable y que prefigura el accionar superyoico. Es precisamente a partir de esa demanda imposible de satisfacer que suele ponerse en juego su accionar.

Esto distancia la cuestión del goce femenino, que precisamente no pasa por la dialéctica fálica. En el momento en que una mujer arriba al goce femenino no está en una posición de demandar nada, simplemente goza.

Por eso considero que el goce femenino de una mujer tampoco resulta estragante para un hijo, como en algunas oportunidades se sostiene, en ese momento en que una mujer se encuentra sumida en la soledad de su goce, la mujer no demanda, y si lo hiciera, entraría nuevamente en esa relación al falo que la sacaría de ese goce femenino. Es decir que lo que puede resultar complicado es más bien el rechazo de lo propiamente femenino.

El goce femenino no es algo que se da de forma permanente y estable, son momentos puntuales en los que el sujeto, siguiendo la expresión de San Juan de la Cruz «logra desasirse de toda cosa criada» [1], en otros términos logra liberarse del anclaje fálico. Pero en esos momentos puntuales y evanescentes no juega nada del orden de la demanda, ya que la misma, insistimos porque es algo que pareciera dejarse de lado, remite al falo. Si aparece algo así es para salirse de esa situación de goce que puede resultar extraña.

Santa Teresa pasa en cuestión de minutos de una demanda hacia Dios acuciante, a otro momento donde claramente de lo que se trata es de un goce femenino que resulta inefable. Entonces ya no se queja de que Dios no le da, sino que goza. [2]

El anclaje fálico le impide el acceso a un goce que, por el contrario, ella puede llegar a rechazar, por resultarle tan extraño, tan desconcertante y peligroso como le puede llegar a resultar a un hombre.

Quizás la histeria pueda pensarse precisamente como un rechazo da ese goce ilimitado, y un refugio en una posición ligada a lo fálico, es decir a lo masculino.

Cualquier goce, ya sea superyoico o femenino, puede resultar inefable, ya que escapan al significante y por lo tanto a la dialéctica fálica, se trata de experiencias que no pueden ponerse en palabras. Sin embargo no se pone en juego la misma forma de satisfacción. El superyoico es solidario de la pulsión de muerte y puede llevar al estrago; el otro, el femenino, es un goce vivificante, siempre y cuando logre ser soportado.

Y las lecturas catastróficas que pueden llegar a hacerse del mismo dependen más bien de una fantasmática neurótica.

NOTAS

  1. San Juan de la Cruz, Poesías completas y otras páginas, Ebro, 1981, p. 16.
  2. Gorostiza, L., «Un tantito de más gozar», Malentendido 6, Bs. As., 1990.

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